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martes, 28 de febrero de 2012

Papeles en el viento


El fútbol es el deporte más hermoso del mundo. Y además puede ser una excelente excusa para contar una historia que nos atrape, que nos haga vivenciarla desde las entrañas, como si fuera nuestra, como si estuviéramos ahí protagonizándola. Sin embargo, por más que parece sencillo enunciarlo, no es algo que muchos sean capaces de hacer. Por suerte, existe Eduardo Sacheri quien es uno de los pocos que posee esa envidiable capacidad. Con su última novela, "Papeles en el viento", lo volvemos a disfrutar en todo su esplendor.

Cuatro amigos: el Ruso, Mauricio, Fernando y el Mono. Los dos últimos, además, hermanos de sangre. Toda una vida juntos, desde una infancia plagada de aventuras y deseos comunes hasta una adultez donde los caminos se diversificaron pero las mismas boludeces que los hacían reír y emocionar 30 años atrás persisten en cada encuentro, en cada mirada cómplice. El conflicto: la enfermedad de uno de ellos que lo lleva rápidamente a la muerte. Un negocio aparentemente frustrado que inició éste con una suculenta indemnización que los compromete a una heroica remontada a los otros tres con el objetivo de brindarle una mejor calidad de vida a la hija del susodicho. Enorme desafío que expondrá a cada una de las patas del tridente en todas sus facetas, las más virtuosas y las más críticas. En el medio, como un repiqueteo permanente, la pasión por la pelota. Y de manera más precisa, por el Rojo.

El Mono adolescente tiene un deseo de muchos, aunque sostenido en un talento reconocido: ser jugador de fútbol de Primera. Como muchos, no llega. Esa desazón que le perdurará hasta el último de sus días la reconvierte en una vida normal, aunque exitosa dentro de ciertos parámetros. Se pone a estudiar Ingeniería en Sistemas y hace carrera, pegando buenos laburos y sin tener privaciones. Se engancha con una tal Lourdes, esa mujer que se le convirtió en una obsesión según los amigos, "un poco porque le entusiasmaban los proyectos imposibles y otro poco porque, como a casi todos los hombres, le fastidiaba mucho que le dijeran que no". Tiene una hija, su máxima alegría. Pero su relación de pareja es un fiasco y la separación no tarda en llegar. En el trabajo, le ofrecen un ascenso muy tentador, pero que le exige viajar y viajar. Ya ve poco a la nena, decir que sí implicaría verla aún menos y a "la yegua de Lourdes" volviendo cada vez más restringidas sus visitas. Dice que no, lo que suena a locura en el fondo. Sin embargo, la indemnización que le dan - intrigados por una determinación tan extraña - es un billete más que suculento. En la decisión respecto al qué hacer con el dinero, el fútbol - ese primer amor - regresa. No como en sus sueños de niño, pero regresa.

Encuentra a un viejo conocido, ex representante de jugadores que supo conocer la gloria y, después de una serie de decisiones equivocadas, se encuentra poco más que en la ruina. Pero sabe y todavía se supone que tiene un ojo clínico para detectar talentos. ¡El Mono quiere invertir la guita en un futbolista! Y Salvatierra le recomienda a un pichón de crack. El asunto no puede fallar.

Pero falla y el Mono ya no está para intentar encauzar ese barco que se hundió más que el Titanic. Sus dos amigos de fierro y su hermano se pondrán a la cabeza de un plan que podría definirse de la siguiente manera: cómo hacer que el tipo por el que el Mono invirtió una fortuna y que ni siquiera se quedó en pichón, sino que retrocedió incluso varios escalones, vuelva a valer el dinero que lo pagaron, como mínimo. Una misión que tiene el signo de la epopeya.

Sacheri presenta el relato en un doble tiempo. Intercala los capítulos en donde Fernando, Mauricio y el entrañable Ruso ("para el Ruso, cuando cuenta, es más importante la forma que el fondo") llevan a cabo cada paso en la búsqueda del objetivo (vale mencionar las interesantes vueltas de tuerca que acentúan el atractivo de la novela), con escenas entre los 4, cuando el Mono aún estaba vivo, realizaba los tratamientos correspondientes y reflexionaba sobre lo que le estaba pasando a pura metáfora futbolística. Cuando eran pibes, una instancia donde una buena parte de la identidad varonil está atravesada por las simpatías por el balón, Independiente arrasaba, salía campeón cada dos por tres y era el orgullo nacional, lo que los ponía a ellos en un lugar de alegría permanente. Hoy, varios años después, él se moría y el Rojo era cada vez más decadente, le costaba ganarle aún a los más débiles y los triunfos gloriosos se contaban en cuentagotas. Aunque sus amigos intentan explicarle, como para no amargarlo más, que eso no es así, que está exagerando, la enorme convicción de un Mono agonizante termina por doblegarlos y a regañadientes, aceptan sus argumentos.

El dolor de ya no ser mezclada con la esperanza. Como en el fútbol, como en la vida misma, los papeles muchas veces se pierden en el viento. "Vos te perdes pero no te das cuenta de que te perdes. Avanzas, avanzas, creyendote que la tenes mas o menos clara, hasta que llega un punto en que te paras y decis 'me perdí, no tengo ni la más puta idea de donde estoy metido'", dirá uno de los personajes cuando las cosas no salgan, cuando todo parezca sin solución. Y mientras los papeles vuelan y se despliegan en varias direcciones, aparecerán la improvisación y la sorpresa, esas que invitan a ilusionarse, esas que invitan a soñar. Esas que Sacheri entrega con precisión a un lector dispuesto a acompañarlo hasta que el punto final aparezca y su firma cierre la historia.  

domingo, 13 de noviembre de 2011

¿Por qué somos un desastre?


Una nueva decepción para la Selección argentina. Ya son muchas. Demasiadas. Hace un par de años nos habíamos "acostumbrado" a que el fracaso era en el Mundial: Rumania, Holanda, Suecia, Inglaterra, Alemania eran los nombres que aparecían a la hora de recordar broncas y tristezas. Las Eliminatorias, desde que se inició el nuevo formato de cara a Francia 98, fueron trámites - largos, pero trámites al fin - que desembocaron en clasificaciones anticipadas tanto en el 98, como en 2002 y 2006. En la última sudamos, pero ni siquiera llegamos a repechaje, vale aclararlo. Y si uno rememora los desenlaces en Copa América, es necesario decir que en el 95, en el 97, en 2004 y en 2007 nos limpió Brasil. La última contra Uruguay - un Uruguay que está más cerca de la gloria de los primeros tiempos que de lo que conocimos en las décadas recientes - se ubica en esa misma línea.

Es decir, derrota tras derrota pero contra rivales en un mismo plano que nosotros (podríamos dejar afuera a Rumania y a Suecia, aunque fueron circunstancias puntuales). Cuando teníamos que dar la talla para elevarnos a un plano superior, no la dábamos. Pero ahora nos gana o empata cualquiera, el cachetazo es continuo y asumimos tanto el dolor, que ya parece que ni nos duele. Debería porque es la única forma de que demos vuelta una página tremendamente oscura para nuestro fútbol.

Argentina es un desastre por muchos motivos. Enumeremos:

1) Julio Grondona. Treinta y dos años al mando de un barco que, a esta altura, arroja agua por todas partes y si aún no atravesó el iceberg para hundirse, está muy cerca. Volteretas inexplicables y una mirada de la Selección que a diferencia de otros momentos en su historia la asemeja a la política de los clubes cuando son dos cosas distintas. No debería ser necesario esperar a que salga con las patas para adelante. El que ya está así es el conjunto albiceleste.

2) Técnicos con manuales muy distintos que se van rotando en un puesto que se volvió una silla eléctrica. De Basile y el "equipo de memoria" con amor a Riquelme al Diego y una anarquía que podía desembocar en horrores o en desmesuradas expectativas de gloria. Del Diego a un don nadie, el Checho Batista, cuya principal virtud (y a la larga, condena) fue soñar con un equipo estilo Barcelona. Del barbudo a un entrenador que prioriza el orden defensivo por encima de la creación, más allá de que no la menosprecia. Así se pierde la idea de "la nuestra", si es que alguna vez existió.

3) Podrían estar en el puesto 1, pero el Jefe no se lo merecía: los players. Señoras y señores, hay jugadores que son malos (y eso va a estar en el punto que viene), pero hay otros a los que les pesa la camiseta. En la última, los exponentes fueron Pastore y Ricky Alvarez pero sobran los ejemplos. El pibe Rojo con Venezuela, Di María en algunos momentos... En ese sentido, el aplauso a Clemente Rodríguez es un mensaje. Además de ser crack o muy bueno en tu club, tenes que poner huevo. Cuestión esencial, pero hay muchachos que no la entienden.

4) El mito del equipazo. Basta de plantear que tenemos grandes jugadores. Salvo el mejor del mundo y otro par de delanteros de excelencia (Higuaín y Aguero), gran parte del resto es de medio pelo. Ya lo hemos comentado en otro post pero nuestros laterales y centrales están muy flojos y la defensa es algo que se entrena para llegar a un decente nivel. La pregunta preocupante es: ¿cuántos otros hay? Y así podríamos seguir por otros puestos. Hoy Argentina, pese a una imagen distorsionada, no tiene players como para sentirse en la primera línea del fobal mundial. Y no empecemos a boquear por Tevez y por Román...

Teniendo el diagnóstico (coincidente con muchos), la pregunta clave es ¿qué hacer? Primero, limpiar la anquilosada dirigencia que maneja la estructura del fútbol argentino; luego, contratar técnicos ultra-ganadores que tengan espalda para bancarse las malas y que la gente les crea (en mayor o menor medida) cuando hablan: Bianchi, Ramón, el Tolo son los primeros nombres que surgen. O invertir una millonada en Guardiola, je. Tercero, definir un grupo más o menos estable, tratar de tener más ensayos aunque sea en Europa y siempre dejar un hueco para convocar por actualidades rutilantes sabiendo que de 12 a 15 players deberían ser fija. Hoy parecería no haber muchas dudas sobre los nombres que hay (a lo sumo 2 o 3 se pueden diferir), por eso preocupa seriamente. Y último, que los jugadores se convenzan de la importancia de vestir la camiseta de la Selección. El compromiso no es venir solamente, es romperla. ¿Quién quiere ver a Lío con esa cara?

Y un poco de humildad para admitir que ya no somos lo que alguna vez fuimos...

sábado, 15 de octubre de 2011

Dos fechas y algunas proyecciones


Ciento ochenta minutos. El tiempo que transcurrió entre el comienzo del largo camino a Brasil 2014 y la finalización de su segundo paso. Ninguno de los equipos que jugaron los dos encuentros sumaron la totalidad de los puntos. Sólo uno perdió ambos partidos. Los únicos que pueden festejar un 100% de efectividad son Colombia y Ecuadoir, ambos con fecha libre en la primera y segunda jornada respectivamente. Nada que acá no vislumbráramos: las Eliminatorias sudamericanas van a ser muy pero muy parejas y disputadas. Eso sí, a no alarmarse y a desglosar aciertos, errores y proyecciones que sirvan para visualizar un futuro más promisorio.

Argentina perdió con Venezuela por primera vez en la historia tras 18 victorias consecutivas. La inmediata asociación a ese hecho es verguenza, quizás indignación. Pero hay otra lectura independientemente del mal planteo sabellista (retorno de un flojísimo Demichelis, un Rojo incomprensible, doble 5 con Di María, pésimo Sosa, entre otras cosas): esta caída iba a llegar más temprano que tarde por la evolución del fútbol venezolano y el estancamiento de la Selección albiceleste. Y llegó nomás, aunque nos duela. Ya hace rato sabemos que no somos los mejores, que no nos comemos los chicos crudos, que somos uno más con algunos grandes talentos desperdigados (incluso el mejor de ellos) pero sin una noción de equipo, vital para el éxito en cualquier competencia. Ese grado de conciencia evita la sorpresa y la bronca, impide que pidamos cabezas, pero también que nos pongamos las pilas para salir adelante desde un subsuelo cada vez más profundo.

La goleada frente a Chile ilusionó como todo triunfo contundente, pero tenía raíces débiles: hubo una ratificación del ya conocido poderío ofensivo (aunque fue mucho más efectivo que en otras ocasiones), pero el perfil defensivo siguió siendo tan endeble como, por ejemplo, en la última Copa América. Es decir, lo bueno y lo malo dieron el presente y cuando lo bueno no fuera tan bueno y lo malo siguiera por esa senda, el resultado claramente se inclinaría hacia el empate o la derrota. Así fue el martes, ante un equipo que reservó sus mejores players para dar ese salto de calidad que lo ilusione con una clasificación mundialista inédita.

Retomando la mirada sobre el conjunto, encontramos algunas continuidades con la última Copa y pequeñas sorpresas:

1) Uruguay sigue tan firme como lo demostró en Sudáfrica y en nuestro país y sólo la mala fortuna le impidió un arranque ideal.

2) Colombia está atada a que su histórico espíritu pecho frío se corra a un lado y que la buena calidad de sus jugadores se traduzca en éxitos. El puntapié inicial fue para ilusionarse.

3) Chile debe preocuparse y ocuparse: pésima presentación ante Argentina y una extraña victoria ante Perú, donde la suerte lo acompañó además de que golpeó en los momentos justos. Fue vital el regreso de Medel y cuando esté Alexis Sánchez se terminará de demostrar para qué está.

4) Paraguay es la gran incógnita tras el adiós de Martino. Fija en los últimos 4 Mundiales, hoy parece vivenciar un momento de declive futbolístico donde sólo se mantiene viva la garra y no el talento que le permitió dar el salto. Al salvar las papas con Uruguay, respiró profundo, lo que le permite a Arce pensar con mayor tranquilidad lo que viene. 0 de 6 hubiera sido un golpe duro, sobre todo por la forma anodina en la que cayó con Perú.

5) Ecuador hizo lo que siempre debe hacer en Eliminatorias: ganar en los 2800 metros de altura. Y aunque muchos pensáramos en un batacazo venezolano por contraste de realidades previas, se cumplió lo que sucede en la mayoría de los duelos en la elevada Quito (incluso contra los gigantes Brasil y Argentina): triunfó el local. No jugó en la segunda fecha.

6) Perú se posiciona como un equipo a seguir. La Copa América fue un indicio y el arranque de las Eliminatorias, pese a la caída con Chile, lo ratificó. Un tapado que complejiza el panorama un poco más. Jugó muy bien contra Paraguay y tuvo muy buenos ratos contra los chilenos.

7) Bolivia: el más flojo y ni siquiera pudo ganar en la altura. Es nuestro próximo rival y en lo que habrá que estar atento es en no cometer los errores que condujeron al 0-0 de la Copa América. Habría que ganar gustando y por varios goles.

8) Venezuela: creció y mucho. La estrategia de Farías, ayudada por el mal planteo de Sabella, fue un gol que le permitió la victoria histórica. Tiene sueño mundialista y, aunque cualquiera puede soñar, esta vez tiene con qué.

Así estamos en Sudamérica. Unidos en la faz política y tan pero tan parejos en el plano de la pelotita que parecería un reflejo de esa sincera apuesta a la comunidad continental. La gran ventaja es que el más gigante de todos esta vez no estará presente. Ojalá lo aprovechemos (con creces o no). Con excepciones quizás apuradas, el resto estará soñando con lo mismo.

lunes, 25 de julio de 2011

Sudacas


Luego de la inolvidable consagración de Uruguay en el Monumental (al igual que un mes antes, otro equipo celeste volvió a festejar en ese estadio) se puso punto final a la 43º edición de la Copa América disputada en nuestro país. Competitiva, con escasas dosis de fútbol bien jugado, con un sistema de clasificación que quedó en la picota debido a la impresentabilidad paraguaya y con algunas sorpresas interesantes; el torneo que agrupa a las 10 selecciones del subcontinente más - en esta ocasión - México y Costa Rica amerita un balance que desglose sus hechos más relevantes.

1) Fútbol de selecciones: como en gran parte había demostrado el Mundial, esta Copa América marcó una continuidad en el panorama desolador que azota al fútbol de selecciones. El poco tiempo de preparación que tienen los equipos conspira contra la idea de un fútbol asociado, donde la técnica de los excelentes jugadores que hay dando vueltas se combine - como en sus clubes - para lograr espectáculos vistosos o con una mínima cuota de belleza. En ese contexto, conjuntos como Uruguay tienen todas las de ganar. Una base de memoria, un estilo de juego definido por la historia que se amoldó a la modernidad y, un dato no menor, jugadores con hambre de gloria. Algo similar, aunque salvando las extremas diferencias de capacidad con el balón, sucedió un año atrás con España.
Por eso no sorprende. Ganó el que mejor se adaptó al paño, el que mejor explotó los recursos de sus players, el que mejor aprovechó los errores de los rivales. Con dos jugadores notables como Suárez y Forlán (y un tercero, Cavani, que tuvo la desgracia de lesionarse) y todo el resto del equipo funcionando como un indestructible bloque defensivo - con las particularidades de los muy buenos Pereira por los laterales -, los uruguayos fueron de menor a mayor, tuvieron la ayuda del destino contra Argentina y se impusieron con autoridad en las dos instancias finales.

2) Paridad: si pensamos en sumatoria de puntos, el insólito subcampeón de esta Copa fue el 8vo equipo que más unidades cosechó, solo superando a México, Costa Rica, Bolivia y Ecuador. Esto da la pauta de lo que van a ser las Eliminatorias. Desde el 98 en adelante, con la inauguración de la forma en que se disputa hoy en día, los números puesto han sido Argentina, Brasil y Paraguay. De cara a lo que viene, tenemos una Selección nacional en redefinición casi permanente, unos brasileños que como organizadores no participarán y unos paraguayos que, pese al segundo puesto, tendrán que replantearse mucho y profundo (entre Mundial y Copa América, 1 triunfo en 11 partidos, más allá de los éxitos posicionales). Uruguay dio el salto de no clasificarse - 98 y 2006 - o entrar vía repechaje - 2002 y 2010 - a ser considerado con justicia el mejor de América, tras su cuarto puesto mundialista y el reciente título aquí en Buenos Aires. Venezuela que ya hace rato había dejado de ser sorpresa, pero aquí lo exponenció con mayor claridad; el increíble resurgimiento de Perú tras el oprobioso 10mo puesto en las Eliminatorias pasadas; el camino identitario logrado por Chile, aunque se haya ido más temprano que lo soñado; una Colombia menos ingenua y más dura pese a la mala fortuna de cuartos y la curiosidad de que los dos que peor terminaron juegan a 3600 y 2800 metros de altura. Como dirían los viejos periodistas deportivos, para alquilar balcones. La buena es que de los 9 participantes, 4 van directo a Brasil - con una rubia en el avión - y 1 irá a repesca. Bien bostero: la mitad más uno.

3) Sistema de clasificación: suponemos que los señores que comandan la Confederación Sudamericana de Fútbol habrán tomado nota de la necesidad de realizar una especie de fusión entre Copa América y Copa de Oro. A ver, un equipo no puede llegar a la final sin ganar. Es insólito, cuasi vergonzoso. Pobre Paraguay que, a su manera, avanzó hasta ahí. Pero los reglamentos deberían tener un cierto nivel de exigencia para acceder a determinadas instancias. No hay garantías de que si pasaran los dos mejores de una cierta cantidad de grupos, lo ocurrido no vuelva a ocurrir. Pero lo dificulta mucho más. Un torneo de 16 se ve como lo más indicado para el futuro.

4) Argentina: mientras se define la obviedad del adiós de Batista, es hora de que quienes deciden los asuntos albiceleste se den cuenta que la situación de nuestra Selección es verdaderamente dramática. No es sólo la falta de títulos, sino la imposibilidad de generar un proyecto a largo plazo. Equipos juveniles que eran un orgullo, en la actualidad dan pena; puestos clave donde no se hallan recursos (centrales, laterales, volantes por izquierda); una dirigencia anquilosada que se preocupa por el instinto de conservación personal antes que por el bienestar general. Así ni con Messi podremos soñar con un mañana mejor.

Hasta la próxima, América.

lunes, 27 de junio de 2011

El vacío


Quería estallar en un grito de alegría, pero los incidentes y las caritas de los jugadores de River me arrastraron hacia un momento piadoso. Había corrido enloquecido por mi casa con el gol de Farré, festejé a pleno el penal que Olave le atajó a Pavone, pero me sentía tan lleno en ese final, tan shockeado al mismo tiempo por "eso que nunca iba a pasar", que sólo pude atinar a sentir sincera pena por ese puñado de pibes (y algunos pocos grandes) que pusieron el cuerpo por una institución devastada y por la enorme multitud que exponía sus lágrimas a las morbosas cámaras de televisión.

No puedo negar que estoy contento. El sábado, antes de la hecatombe, un amigo riverplatense me decía que un descenso de Boca valía más que una Libertadores. Lo frené en seco: "que una Libertadores ni en pedo, que un campeonato local seguramente". Claro, ellos no tienen tantas por eso conocen poco lo que significa semejante trofeo. Pero más allá de la hipocresía de los famosos y el cassette de los rivales en el verde césped, el hincha común xeneize (y de gran parte de los equipos del país) quería que River se vaya a la B. Al revés, tal como el comentario que señalo, hubiera sucedido lo mismo.

Sin embargo, como siempre sucede, la sensación de saciedad deja lugar al vacío. Digamos que se acabó la joda, más allá de que la cargada será eterna. Pero se terminaron la tensión, los nervios, las especulaciones. El hecho se consumó. Y ahora qué?

Y ahora saber que cuando sorteen el fixture, no van a estar ellos, ese partido que sobre todo en los 90 (donde ganaban campeonatos con mucha frecuencia) me importó tremendamente ya que habitualmente nos salvaba el año. Todavía cuesta caer en la veracidad del hecho. Aunque el goce sea infinito, los voy a extrañar. Por eso les pido que no tarden tanto en volver. Una temporada en el infierno será suficiente.


martes, 31 de mayo de 2011

Un mundo de sensaciones



Como un ritual que se viene repitiendo de un tiempo a esta parte, el sábado se armó juntada de amigos futboleros para ver al increíble Barcelona que insiste en sorprendernos con su indescriptible capacidad de tratar bien al balón.


El partido todos lo vieron y el que no, alguna referencia ya tendrá. Lo que quiero describir en esta efusión de palabras son las sensaciones que el conjunto culé genera en este ser humano, un amante del deporte más hermoso del mundo, aunque algunos insistan en afearlo.

Los ojos circulan a la velocidad de ese toqueteo infernal y productivo que propone el Barcelona. Se encandilan con la paciencia de un Xavi que siempre tiene un segundo más para pensar y hacer lo corrrecto. Se refriegan para tratar de entender cómo Piqué puede ser tan prolijo y hábil siendo el 2 del equipo. Nada de revoleo, pases certeros y hasta alguna osada gambeta al delantero que lo corre. Se posesionan con la precisión indescifrable de Andrés Iniesta, tanto para encontrar el hueco para una asistencia como para encarar suave pero sostenidamente a quien lo quiera marcar. Se conmueven directamente con el hechizo en que se ha convertido Messi en cada oportunidad en la cual acaricia - ¿hay algún otro término posible? - el balón.

El corazón palpita cuando Dani Alves se lanza tan poderoso y altivo a ese ataque masivo de un equipo cuya esencia consiste en atacar. Las pulsaciones se agigantan con un caño o algún lujo entre tanta lujuria desparramada por los verdes céspedes españoles y europeos (también en otros terrenos, pero nos centramos ahí nomás). Aunque a las mujeres quizás les cueste comprenderlo, es lo más parecido a un orgasmo tras una maravillosa noche de sexo. Y no cualquier noche. Es esa donde salió todo a la perfección. (Metafóricamente hablando, claro está)

Las palabras sobran. Más allá de este intento narrativo, la recomendación es la siguiente, ahora que terminó la temporada en Europa: You Tube, videos del Barca, Paradigma Guardiola, o cualquier asunto donde lo blaugrana predomine (no me vengan ni con Cerro Porteño ni con los hipermercadistas de Boedo). A deleitarse que estamos viviendo una hora histórica en lo que a fútbol se refiere. Nuestros hijos y nuestros nietos nos van a preguntar de qué se trataba.

jueves, 24 de febrero de 2011

Simplemente Román


El tipo es capaz de las cosas más fantásticas que se pueden hacer dentro del verde césped. Talentoso como pocos, generoso con sus compañeros a la hora de habilitarlos mágicamente (en ese "toma y hacelo" de colección), hábil shoteador con la bocha en movimiento, eximio ejecutor de tiros libres (aunque se haya olvidado en los últimos años), poeta del "caño a Yepes" y monumental cabeza en los instantes clave (digan lo que digan sus detractores, su inspiración tiene una relación directamente proporcional al desafío planteado). No necesita correr como un desquiciado ni tirarse al piso a barrer ni trabar los pies de un rival con la sabiola.

El tipo está para otra cosa. Él lo sabe y los demás también (o deberían saberlo). Son pocas las ocasiones en que se lo ha visto no cumplir su rol con corrección. Y en general, son excelencia y talento las palabras que lo grafican.

Bajo este panorama, entender porque Román es ídolo eterno para cualquier hincha de Boca se vuelve demasiado sencillo. El mito de que sólo queremos "huevo, huevo, huevo" es precisamente eso: un mito. La magia se valora muchísimo más que la garra como recurso exclusivo (y no como la complementación necesaria del juego). Porque si hay alguien a quien no le faltan huevos es a Román. Para pedirla siempre, para no esconderse nunca, para sacar conejos de la galera, para descifrar lo indescifrable entre marasmos de piernas, para apretar la tecla justa cuando las papas queman.

Hoy Falcioni tomó una decisión cruda: excluir del equipo al único cráneo que tiene un plantel de bajo vuelo (como el fútbol argentino, digamos) cuando, según lo que se comenta, físicamente está OK. El Román polémico todos lo conocemos y muchas veces no nos gusta, pero por sobre todas las cosas nos quedamos con el Román futbolista, ése que les conté recién y que ustedes han visto una y mil veces. Si el actual DT xeneize excluyó a ese jugador (y no al que le irrita sus oídos con declaraciones honestas pero peligrosas para una convivencia armónica), está equivocado. Y si Boca gana todos los partidos como contra Racing, mejor cambio de canal. Aunque me muera de ganas de volver a ser campeón.

Sé que no seremos el Barcelona (ni con Bianchi lo fuimos, porque hay uno solo así), pero tampoco quiero ser el Banfield del propio Julio César. La pelota no merece ensuciarse tanto.