La ecuación da: literatura + música + política + fútbol (señalando los tópicos más notables y no necesariamente en un orden determinado). La referencia del título lo mira a Arlt, pero también podría apuntar a un Walsh. A veces no hay sintesis posible.
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martes, 28 de febrero de 2012
Papeles en el viento
El fútbol es el deporte más hermoso del mundo. Y además puede ser una excelente excusa para contar una historia que nos atrape, que nos haga vivenciarla desde las entrañas, como si fuera nuestra, como si estuviéramos ahí protagonizándola. Sin embargo, por más que parece sencillo enunciarlo, no es algo que muchos sean capaces de hacer. Por suerte, existe Eduardo Sacheri quien es uno de los pocos que posee esa envidiable capacidad. Con su última novela, "Papeles en el viento", lo volvemos a disfrutar en todo su esplendor.
Cuatro amigos: el Ruso, Mauricio, Fernando y el Mono. Los dos últimos, además, hermanos de sangre. Toda una vida juntos, desde una infancia plagada de aventuras y deseos comunes hasta una adultez donde los caminos se diversificaron pero las mismas boludeces que los hacían reír y emocionar 30 años atrás persisten en cada encuentro, en cada mirada cómplice. El conflicto: la enfermedad de uno de ellos que lo lleva rápidamente a la muerte. Un negocio aparentemente frustrado que inició éste con una suculenta indemnización que los compromete a una heroica remontada a los otros tres con el objetivo de brindarle una mejor calidad de vida a la hija del susodicho. Enorme desafío que expondrá a cada una de las patas del tridente en todas sus facetas, las más virtuosas y las más críticas. En el medio, como un repiqueteo permanente, la pasión por la pelota. Y de manera más precisa, por el Rojo.
El Mono adolescente tiene un deseo de muchos, aunque sostenido en un talento reconocido: ser jugador de fútbol de Primera. Como muchos, no llega. Esa desazón que le perdurará hasta el último de sus días la reconvierte en una vida normal, aunque exitosa dentro de ciertos parámetros. Se pone a estudiar Ingeniería en Sistemas y hace carrera, pegando buenos laburos y sin tener privaciones. Se engancha con una tal Lourdes, esa mujer que se le convirtió en una obsesión según los amigos, "un poco porque le entusiasmaban los proyectos imposibles y otro poco porque, como a casi todos los hombres, le fastidiaba mucho que le dijeran que no". Tiene una hija, su máxima alegría. Pero su relación de pareja es un fiasco y la separación no tarda en llegar. En el trabajo, le ofrecen un ascenso muy tentador, pero que le exige viajar y viajar. Ya ve poco a la nena, decir que sí implicaría verla aún menos y a "la yegua de Lourdes" volviendo cada vez más restringidas sus visitas. Dice que no, lo que suena a locura en el fondo. Sin embargo, la indemnización que le dan - intrigados por una determinación tan extraña - es un billete más que suculento. En la decisión respecto al qué hacer con el dinero, el fútbol - ese primer amor - regresa. No como en sus sueños de niño, pero regresa.
Encuentra a un viejo conocido, ex representante de jugadores que supo conocer la gloria y, después de una serie de decisiones equivocadas, se encuentra poco más que en la ruina. Pero sabe y todavía se supone que tiene un ojo clínico para detectar talentos. ¡El Mono quiere invertir la guita en un futbolista! Y Salvatierra le recomienda a un pichón de crack. El asunto no puede fallar.
Pero falla y el Mono ya no está para intentar encauzar ese barco que se hundió más que el Titanic. Sus dos amigos de fierro y su hermano se pondrán a la cabeza de un plan que podría definirse de la siguiente manera: cómo hacer que el tipo por el que el Mono invirtió una fortuna y que ni siquiera se quedó en pichón, sino que retrocedió incluso varios escalones, vuelva a valer el dinero que lo pagaron, como mínimo. Una misión que tiene el signo de la epopeya.
Sacheri presenta el relato en un doble tiempo. Intercala los capítulos en donde Fernando, Mauricio y el entrañable Ruso ("para el Ruso, cuando cuenta, es más importante la forma que el fondo") llevan a cabo cada paso en la búsqueda del objetivo (vale mencionar las interesantes vueltas de tuerca que acentúan el atractivo de la novela), con escenas entre los 4, cuando el Mono aún estaba vivo, realizaba los tratamientos correspondientes y reflexionaba sobre lo que le estaba pasando a pura metáfora futbolística. Cuando eran pibes, una instancia donde una buena parte de la identidad varonil está atravesada por las simpatías por el balón, Independiente arrasaba, salía campeón cada dos por tres y era el orgullo nacional, lo que los ponía a ellos en un lugar de alegría permanente. Hoy, varios años después, él se moría y el Rojo era cada vez más decadente, le costaba ganarle aún a los más débiles y los triunfos gloriosos se contaban en cuentagotas. Aunque sus amigos intentan explicarle, como para no amargarlo más, que eso no es así, que está exagerando, la enorme convicción de un Mono agonizante termina por doblegarlos y a regañadientes, aceptan sus argumentos.
El dolor de ya no ser mezclada con la esperanza. Como en el fútbol, como en la vida misma, los papeles muchas veces se pierden en el viento. "Vos te perdes pero no te das cuenta de que te perdes. Avanzas, avanzas, creyendote que la tenes mas o menos clara, hasta que llega un punto en que te paras y decis 'me perdí, no tengo ni la más puta idea de donde estoy metido'", dirá uno de los personajes cuando las cosas no salgan, cuando todo parezca sin solución. Y mientras los papeles vuelan y se despliegan en varias direcciones, aparecerán la improvisación y la sorpresa, esas que invitan a ilusionarse, esas que invitan a soñar. Esas que Sacheri entrega con precisión a un lector dispuesto a acompañarlo hasta que el punto final aparezca y su firma cierre la historia.
martes, 22 de noviembre de 2011
La venganza del cordero atado
Quizás arranquemos con un lugar común. En el medio de la oscuridad más insondable, un pibe encontró la luz que lo ilumina hasta hoy en día. Suena místico, "victorsueiriano", pero no está tan alejado de la realidad. Entre cuatro paredes, traslados, palazos que no sólo duelen fisícamente sino que atraviesan el alma y un desesperante anhelo de libertad, Camilo Blajaquis (César González para el Registro Nacional de las Personas) construyó un compendio poético tan desgarrador como esperanzado, que se le ríe en la cara a la sumisión carcelaria, mientras despliega unas alas literarias que nada tienen que envidiarle a grandes plumas del género.
Con una estética ricotera que nace en el título y en la ilustración de Rocambole y que se prolonga en las exquisitas estrofas de cada poema, Blajaquis sale a gritarle al mundo su verdad detrás de los barrotes. Porque aunque uno lo supone aislado del afuera, más allá del vínculo con las visitas, una tremenda lucidez le permite no sólo describir ese exterior que desea más que nada (aún con las celdas que allí también encontrará) sino desnudar a esos que están libres.
Tres partes son las que dividen el libro publicado por Ediciones Continente en mayo de 2010 (una segunda edición se lanzó este año) y prologado por el último secretario general del PRT-ERP Luis Mattini: Poesías sin candados (esquizofrenia poética), Insomnios (relatos de ansiedades) y Mutando el devenir (reciclados berretines desde la sombra). El click de la escritura, como Camilo lo denomina, se da en su etapa de año y medio en el Instituto Agote (entre mediados de 2007 y fines de 2008) y atraviesa una "durísima experimentación corporal del dolor" en el penal de Ezeiza, el "perfeccionamiento de una ansiedad nueva" en Marcos Paz y el susto "ante la cercanía del aire fresco de la libertad" en su paso por la residencia penal de régimen abierto El Sánchez Picado que finaliza a principios de 2010.
La declaración de principios de Blajaquis la encontramos hacia el final en un poema titulado "Buzones". Allí, el entonces presidiario se planta ante una realidad adversa y dispara: "Podría ansiar matarlos, pero prefiero escribir". Con ese planteo estructurante el autor le dedica líneas a la pureza de los niños - "no aprendieron la enfermedad de ser adulto ni a transformar la vida en una cifra" -, a la naturaleza - "la lluvia es el momento en que el cielo y la tierra tienen un orgasmo" -, a la religión - "en mi celda no entra Dios, ese tipo es muy raro, alguien que prohíbe tanto para mí no es atractivo" -, al amor - "la verdadera consecuencia que trae el amor es despedazar la venda de nuestros ojos" - y a la verdadera prisión - "no hay peor cárcel que la mirada del otro".
Por otra parte, no es únicamente en Patricio Rey donde Blajaquis encuentra su inspiración. Friedrich Nietzsche, Gilles Deleuze o Baruch Spinoza son autores reverenciales que están muy presentes en la poesía del sorprendente crédito local. En las reflexiones sobre el tiempo, sobre los problemas que aquejan a nuestra sociedad actual, sobre Dios nada más ni nada menos (un punto que resalta de modo sobresaliente) o sobre los sueños "de los que se asustan hasta mis propios sueños" se vislumbran esas lecturas que Camilo no sólo deja entrever, sino que explicita con citas precisas en diferentes poemas.
El otro gran aporte a la literatura de Blajaquis es militante, viene dado por la política, esa que no se ejerce detrás de un escritorio, sino en el día a día, en las batallas y prácticas cotidianas. Que Mattini lo prologue no es casual. Si en lugar de matar a los verdugos, el poeta elige escribir, nada mejor que la opción por alguien que sufrió a los verdugos (aunque personalmente los haya eludido) y pudo vivir para contar una historia trágica de expectativas frustradas pero de cuyo aprendizaje tomarán nota las generaciones futuras, a las que Mattini les escribió en su "Hombres y mujeres del PRT-ERP", entre otros libros significativos de aquellas épocas.
"Mañana soleada: lo más duro es ser muro, lo más bello es saltarlo". Sólo alguien que tropezó tanto con esas paredes gigantes que lo devolvían hacia un adentro perverso y desahuciado, puede tener noción de la belleza de ese salto. Los que, sin conocerlo, lo esperábamos afuera, le agradecemos por haberlo logrado.
viernes, 30 de septiembre de 2011
La Tía Julia y el escribidor
Tiene 18 años y hace rato tiene claro qué quiere ser cuando sea grande. Ya lo practica con algunos cuentos cortos que le narra a su amigo Javier, aunque estudia Abogacía para intentar satisfacer a la familia. Lee a los idealizados clásicos que "hay que leer" a pesar de que lo más cercano a un escritor que tiene en esos días de adolescencia limeña es el popular autor de radioteatros Pedro Camacho, un hombre que hace un exagerado culto a la condición de artista y cuyos guiones van degenerando producto de una severa y paulatina conmoción cerebral. La Tía Julia se entrecruza en su camino y lo que aparentaba ser una alocada aventura juvenil se convierte en un sentido amor que lo lleva a desafiar a su familia con obstinada determinación.
Escrita en 1977, "La Tía Julia y el escribidor" es una novela que retrata la transición entre Varguitas y Vargas Llosa, ese notable - y tan polémico - escritor latinoamericano prefigurado en un recorrido vertiginoso que el propio autor nos transmite, a través de una tempestuosa relación amorosa e intrafamiliar que lo hace "crecer de golpe" y con el exquisito condimento de que el escribidor (alguien que formalmente no tiene el significado de escritor con todas las letras) es un personaje antológico, por momentos admirable, por otros siniestro, digno de una rara mezcla de veneración por sus populares efectos en los radioescuchas y lástima por sus condiciones de vida que luego lo arrastrarán hacia un infierno. A la vez constituye, en algunos sentidos, el reflejo estrambótico de ese joven proyecto narrativo que encarna Marito.
La estructura del texto, aunque sostenida en un lenguaje de cierta complejidad, es simple: un capítulo tiene como eje central el vínculo amoroso y otro expone los radioteatros de Pedro Camacho, conectándose ambos a través de la relación que el joven Vargas Llosa establece con el insólito escribidor. Varguitas es el único que tiene acceso a (una mínima parte de) la intimidad que Camacho permite mostrar en aquellos exclusivos ratos en que pone en stand by su obsesivo afán por crear.
En el transcurso de la novela, el lector asume una doble postura: por un lado, sigue las desventuras de Varguitas a la hora de conjugar su sueño literario con la carrera académica en Derecho; a la hora de congeniar un trabajo poco remunerado con las crecientes salidas con la tía Julia; a la hora de buscar los mil y un vericuetos para poder concretar esa locura del casamiento, a la hora sencillamente de crecer. Por otro, se mete en la piel de un radioescucha de la época, sometido a la magia encandilante de Camacho pero también a su profunda degeneración, donde los personajes se mezclan inapropiadamente y las historias se vuelven tan tétricas que la fantasía que su pluma provoca ya no es tal.
Una obra que se puede considerar un pico creativo de Vargas Llosa - casi al final o incluso a un par de años del boom latinoamericano - donde, además de describirnos con lujo de detalles una etapa clave de su propia vida, se involucra de lleno en una linguistica escabrosa que genera esa inolvidable sensación acerca de qué es lo que sigue. Aunque seguramente se le pueda cuestionar que hacia los últimos capítulos se produce un cierto abuso, donde la repetitividad de recursos le gana a la originalidad y a la capacidad de sorprenderse por cuál sería la próxima ocurrencia trágica de Camacho.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Operación Masacre - ¿Periodismo o literatura?
¿Qué es “Operación Masacre”? ¿Una crónica periodística con una notable investigación detrás que sostiene el relato? ¿Una novela que apela a hechos reales pero cuyo ritmo narrativo oscila por los carriles clásicos de ese género literario? ¿O es todo eso y algo más?
En 1957, el escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh – desaparecido en la última dictadura militar – logró publicar un libro que haría historia y desnudaría la cara más oscura de la Revolución Libertadora. La ejecución sumaria de una docena de hombres (de los cuales, 5 mueren en esa trágica noche) en un basural de José León Suárez, detenidos poco antes de que el gobierno de Aramburu dictara la Ley Marcial, y el inestimable dato de “el fusilado que vive” unos meses después del fatídico 9 de junio de 1956 serán la excusa perfecta para una deconstrucción minuciosa e infatigable de los sucesos a través de recursos del campo de la literatura y del periodismo. Y la respuesta a la pregunta del inicio: todo eso y algo más.
Del periodismo (del mejor periodismo) se puede destacar la precisión con que Walsh nos expone los hechos, producto de su notable ejercicio investigativo; su finalidad informativa pero fundamentalmente de denuncia y el uso de la tercera persona en las dos primeras partes – “Las personas” y “Los hechos” – antes de inmiscuirse en los vericuetos judiciales y su confrontación personal – donde el yo es una necesidad para la contundencia con la que debe contrarrestar la mentira y el descrédito – con el jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires.
De la literatura, la relevancia está dada principalmente por la forma en que Walsh elige contar. Nosotros sabemos qué vamos a leer, pero la intriga que el autor genera a través de una decisión estética nos sitúa en una especie de ficción novelesca donde la tensión va in crescendo y lo importante queda para el final. Sin perder la imprescindible distancia de los hechos, el periodista-escritor se involucra con la subjetividad de sus personajes – seres de carne y hueso – y su derrotero político será un fiel reflejo de esa simbiosis sentimental e ideológica. En ese sentido, el aspecto literario se fortalece cuando “descubrimos” lo que ocurrió a partir de los diálogos con aquellas víctimas del odio anti-peronista, con sus pensamientos, sus sentires y pequeños pero significativos detalles de la intimidad en los cuatro instantes centrales de la masacre: 1) la previa y la detención; 2) el fusilamiento en el basural; 3) el escape de los sobrevivientes y 4) la persecución posterior para silenciarlos.
Un entusiasmado Tom Wolfe en su extraordinario libro acerca del nuevo periodismo norteamericano en los 60’s señaló que el sueño de aquellos impertinentes redactores consistía en “hacer posible un periodismo que… se leyera igual que una novela. Igual que una novela, a ver si ustedes me entienden. Era la más sincera fórmula de homenaje a La Novela y a esos gigantes, los novelistas, desde luego”. Vaya si Walsh lo logra, con creces y un par de años antes que en el Primer Mundo.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Cuando me muera, quiero que me toquen cumbia
Soy parte de un negocio que nadie puso y que todos usan,es la ruleta rusa y yo soy la bala que te tocó. Cargo con un linaje acumulativo de mishiadura,y un alma que supura veneno de otra generación. Agarrate Catalina, “La Violencia”"Violencia es mentir". En esas tres palabras, el Indio Solari graficó, con su agudeza habitual, un estado de época. El neoliberalismo en su versión argentina arrojó a millones de argentinos debajo de la línea de pobreza en la década del 90. Aunque muchos hayan revivido en la escala social producto de cierta recuperación económica, persiste un núcleo - a esta altura - estructural de gente que no. Una generación entera de pibes que hoy tienen 15 o 20 años no saben, por ejemplo, lo que es tener un padre con laburo. Y la violencia a la que muchas veces se ven empujados es sólo la respuesta a una violencia infinitamente mayor y perversa: la de un sistema que miente y excluye cada día un poco más.
Víctor Manuel "El Frente" Vital era uno de esos pibes. Nacido en la transición democrática, fallece a los 17 años vía lo que conocemos como "gatillo fácil" en una villa de San Fernando. Desde entonces, lo que constituía otro joven atrapado por las balas de la Bonaerense asesina da paso a la increíble generación de un mito que Cristian Alarcón revela en toda su magnitud en el extraordinario "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia". Publicado por Editorial Norma en 2003, "Cuando me muera..." es una brillante radiografía de los cambios sociales que experimentó nuestro país, visualizados a través de los "pibes chorros", esa denominación despectiva que utiliza una mayoría social y que aquí Alarcón resignifica presentando el contexto de su accionar y las variaciones en sus metodologías (con una frondosa investigación cualitativa alrededor del famoso tema de los "códigos").
Invocar el nombre de “El Frente” es la llave que le permite al escritor chileno adentrarse en los pasillos de la Villa y en las historias que éstos atesoran. Como menciona en el prólogo, la muerte de Vital, un pibe que desde los 13 comenzó a experimentar una pasión por el riesgo y los peligros que implica una vida al borde de la ley, “incluye su santificación y al mismo tiempo el final de una época”. Si Víctor Manuel (¡qué bello nombre!) y sus amigos repartían parte de sus botines entre la vecindad, los “nuevos chorros” – perdidos en la locura de su adicción a drogas exponencialmente autodestructivas – no poseen ningún límite al momento de elegir sus víctimas del afano. Una realidad cada vez más cruda ha logrado que la capacidad de elección de dichos seres se encuentre completamente devastada, inclusive en ese plano.
En ese sentido, la relación con los transas - que prefigura la exploración directa de estos especímenes en su próxima novela - es uno de los ejes que atraviesa la crónica a través de sus 9 capítulos. Para las madres de los pibes que caen y caen en los institutos de menores por sus repetidos delitos, no es sólo la policía y su persecución permanente al morocho la responsable de que sus hijos, a partir de una determinada edad, pasen más tiempo entre rejas que en el colegio o el precario hogar. "Si el transa no vendiera drogas, los chicos no se drogan y no roban" es la asociación que establecen quiénes visualizan, no sin tristeza, esa calesita interminable, ese derrotero que conduce únicamente al desasosiego.
La zona del país donde la brecha entre ricos y pobres es abismal, donde apenas unas cuadras separan el lujo de la miseria, no deja lugar para los débiles. El Frente construye su propia película siendo el más pillo entre los pillos, pero forjado en los viejos códigos de los chorros de antaño. Sin embargo, el contexto en el que Alarcón se inmiscuye para brindarnos una narración sin fisuras difiere notablemente de la época de Víctor y sus amistades. Sólo un par de años han transcurrido, pero la bolsita de pegamento es más frecuente, la edad de "iniciación" decreció con lastimosa angustia y la vecina de la otra cuadra puede ser tan víctima de un robo como una tienda de Nike en Palermo. Si a uno "lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla", hoy el primer disparo viene del paco. Y es casi tan fulminante como el de la yuta.
Minucioso, con una mirada desencarnada que llega hasta las entrañas de los retratados, Alarcón nos regala una novela fundamental para entender, aunque sea nomás por esos instantes de compulsiva adicción que se suceden hoja tras hoja, la existencia de un mundo en los márgenes al que ningún alma sensible puede sentirse ajeno.
Sin embargo, las sensaciones que dejan la lectura y el compendio de imágenes que vislumbra cada historia es que esas almas (concretizadas en algún tipo de militancia social que se precie de tal) no llegan ahí. No es que no lo intenten (el clásico “laburo en la villa” sigue vigente), sino que hay algo tan profundo, tan insondable, que el acortamiento de distancias sociales se vuelve una misión imposible.
Esa visión pesimista, aunque con una innegable base de realidad, es aminorada en el excelente trabajo del escritor chileno que nos obliga a quemarnos la cabeza para intentar que ese “plan perfecto que ha salido mal” se transforme en vida, en mentes libres que puedan avizorar un futuro mejor. El Frente, en su desenfrenada carrera hacia una muerte segura, así lo hubiera querido para los suyos. En las palabras y también en los hechos.
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martes, 14 de junio de 2011
Si me queres, quereme transa
Fascinante es el primer adjetivo con el que me es posible asociar "Si me queres, quereme transa", la novela del periodista y escritor chileno Cristian Alarcón. Llegué a esta investigación periodística luego de que una tarde gris de Marzo decidí comprar "Cuando me muera, quiero que me toquen cumbia", otro enorme escrito del mismo autor. "Cuando me muera..." lo agarró mi compañera y se lo devoró, tal es así que su fervor literario la llevó a la búsqueda y al encuentro del libro que aquí reseñaré (próximamente vendrá el otro, también leído).
Alarcón se propone explorar una parte del vasto mundo narco a través de una serie de historias - de manera central la de Alcira, EL personaje a seguir - que se entrecruzan, en el marco de una ligazón geográfica que conecta fundamentalmente dos países hermanos de Latinoamérica: Perú y Argentina. Con mayor precisión, ciertos reductos rurales de la nación andina, suburbios de Lima y el sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
La villa en la que se introduce Alarcón - aunque puede aplicar a otras - tiene sus códigos y sus zonas. Clanes familiares, en su gran mayoría de origen peruano, se reparten el control del territorio. En ocasiones la convivencia es pacífica y armónica. Nadie avanza un paso si el otro no lo permite. Habitualmente ese otro no lo permite. Pero cualquier altercado, por mínimo que parezca, puede modificar la estructura. Y allí se producen episodios de violencia, donde la sangre es sólo un elemento que posibilita el acceso a más poder y a una porción mayor de una torta muy grande.
"La envidia es uno de esos sentimientos que nadie puede disimular". Con esa frase letal que ahonda en el corazón de la especie humana, la investigación apunta a un núcleo sustancial: cuanto más poder se acumula, más enemigos se generan. Si el poder se compone de elementos que lo hagan durable y legítimo, el enemigo no podrá actuar sin ser derrotado. Cuando el poder sufre un tropezón, el enemigo se lanza como un tigre dispuesto a despedazar a su rica presa. Les pasa a los peces gordos principalmente, pero los "minoristas" (aunque en ningún momento asistimos a la visualización de un negocio gigante al estilo México o Colombia) también se enfrentan en sus deseos por acceder a las grandes ligas.
Sin embargo, quienes mandan tienen lo suyo. El liderazgo se gana y se reproduce con actos que en el largo plazo configuran mitos, como será por ejemplo el del Frente Vital en "Cuando me muera...". Alarcón no nos deja dudas al respecto cuando señala que "la leyenda no sólo se construye con la exageración y la mentira, sino también con ciertos tópicos como la compasión del líder ante las miserias de sus dominados, y al mismo tiempo su costado oscuro de matón que debe destacar su mayúscula crueldad: en el mismo hombre, las virtudes y los defectos extremos del ser humano". No se trata de un nombre determinado, sino de un modo prefigurado al que las características personales deben adaptarse para sobrevivir y trascender.
El poder, los líderes y las disputas a muerte no son el único escenario que nos muestra el muy buen escritor chileno. La villa también es alegría, es diversión, es una divina mezcla de culturas cuyos rituales se celebran alternada y/o combinadamente. La increíble procesión que adora al Cristo Negro - y que luego terminará en tragedia - es un ejemplo paradigmático de ese sentido festivo que los peruanos, esencialmente, ejercen a lo largo y a lo ancho de su extendida diáspora: "El mundo andino es una cultura de fiesta en el que la música es tocada por su gente como un tributo al trabajo y a lo sagrado, en el que la devoción es hacia el santo patrono de turno, pero también hacia los cerros, el cóndor, las lagunas, la nieve, el sol".
Con un estilo de reminiscencias walshianas y que se involucra hasta el hueso en muchos casos (el ejemplo de Alcira y el pedido para que sea el padrino de uno de sus hijos es una tierna muestra de ello), Alarcón nos regala una "non-fiction" de alto nivel cuyo mensaje va más allá de las historias concretas que van surgiendo en el transcurrir de las páginas: la idea de que la investigación es inescindible de un ejercicio periodístico honesto y "contador de mundos", sobre todo aquellos que habitualmente están signados por la estigmatización y los lugares comunes.
jueves, 28 de abril de 2011
El general en su laberinto
Y nos llegó el turno de desentrañar una de las grandes novelas de García Márquez ("Gabo"). Grande no sólo por su calidad - aunque sin duda menor a Cien Años de Soledad o Relato de un naúfrago, por caso -, sino principalmente por la investigación histórica que hay detrás. Bolívar, un personaje inconmensurable, es retratado a lo largo de su último viaje, aquel en el que despide del poder de una vez y para siempre, rumbo a una muerte lastimosa e inexorable.
Tras años y años de luchar por la independencia del yugo español y haberla conseguido memorablemente, el gran Simón observa cómo minuto a minuto sus sueños de una Patria Grande se van desgranando al punto de conformar lo que hoy son los diferentes Estados de la zona de influencia del Libertador: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela (Formalmente, es la Gran Colombia la que se partirá en 3 dando lugar a Nueva Granada, Venezuela y Ecuador). Disputas feroces por porciones de poder configuran un escenario de división que se ven reflejadas en esta apenada frase del Mariscal Sucre: "Tal parece como si hubiéramos sembrado tan hondo el ideal de la independencia, que estos pueblos están tratando ahora de independizarse unos de los otros".
Ése es el contexto en que Bolívar, en aquel entonces presidente de esa Colombia en proceso de disgregación, decide dejar su cargo (una decisión que, dados los antecedentes que tenía previamente, amigos y enemigos veían como una amenaza que no sería cumplida) con el argumento de una enfermedad real, pero con el trasfondo de sus decepciones, sus desquicios y una intención no del todo firme de partir hacia Europa. Un contingente numeroso lo escoltaba aunque "nadie sabía a ciencia cierta, sin embargo, quiénes lo acompañaban por amistad, quiénes para protegerlo, y quiénes para estar seguros de qué en verdad se iba".
A lo largo del recorrido, García Márquez irá desmenuzando al personaje central a través de sus sueños, recuerdos y anécdotas que van pintando una completa radiografía del Libertador. Su analfabetismo - "No sabía leer ni escribir y se había resistido a aprender con el argumento simple de que no había sabiduría mayor que la de los burros" -, su irresistible pasión por las mujeres, más allá del gran amor que vivió con Manuela Saénz y de las consecuencias que su locura podía acarrear - "Escaparse a pie para una cita incierta, de noche y sin escolta, era no sólo un riesgo inútil sino una insensatez histórica. Pero con todo lo que él apreciaba su vida y su causa, cualquier cosa le parecía menos tentadora que el enigma de una mujer hermosa" - o su tremenda susceptibilidad por cada palabra que se decía acerca suyo - "Era tan sensible a todo cuanto se dijera de él, falso o cierto, que no se repuso nunca de ningún infundio, y hasta la hora de su muerte estuvo luchando por desmentirlos" - son algunas de las aristas que van surgiendo en la narración, a través de su paso y estadía por las diferentes ciudades colombianas, antes de su deceso en Santa Marta.
En sintesis, "El general en su laberinto" constituye una biografía "distinta" sobre uno de los grandes hombres del continente americano que finaliza sus días amargamente (y muy joven, ya que tenía 47 años), tras haber amasado tanto poder en un lapso breve de años. El estilo Gabo, aunque con menores dosis de realismo mágico y una impresionante recopilación de datos (hasta los que podrían resultar insignificantes) que construyen un relato apasionante y, al mismo tiempo, desgarrador, ya que su significado más profundo se asocia al fin de un anhelo: que la Patria Grande fuera una sola y no un cúmulo de múltiples naciones.
viernes, 22 de abril de 2011
El oficio de periodista
¿Qué es el periodismo? Pregunta punzante y necesaria en estos acalorados tiempos. Su respuesta no parece ser sencilla pero quienes Julio Ferrer entrevista en su muy buen libro no dudan en afirmar que el periodismo no sólo significa informar (premisa lógica) sino que puede ser una herramienta muy importante a la hora de desentrañar situaciones o procesos que, de mantenerse acallados, podrían acarrear para sus partícipes (o para una sociedad toda, por ejemplo, en un caso de corrupción en la esfera pública) consecuencias negativas.
Bayer, Verbitsky, García Lupo, Calloni, Tito Cossa, Jozami, Aznárez, Szpunberg, Schiller y Braceli son los diez notables nombres que son indagados por Ferrer sobre diversas temáticas: las viejas redacciones, el ejercicio de la profesión en tiempos donde no existían las escuelas de periodismo, la última dictadura militar y el cómplice papel de algunos medios, el retorno de la democracia, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, los monopolios de la (des)información.
También, en menor medida, es un recorrido por la historia de algunos medios gráficos, desde su surgimiento hasta su finalización, en el caso de aquellos que marcaron una determinada época y no continuaron hasta el día de la fecha. Ejemplo de ello son la revista Crisis (aunque ahora se haya reflotado), el diario El Periodista, Cristianismo y Revolución, La Opinión, el periódico de la CGT de los argentinos, el matutino peronista Noticias (de Montoneros), entre otros. Sitios que supieron cobijar a las mejores plumas nacionales e internacional y que produjeron clicks estilísticos en distintos momentos de la historia reciente.
Otra de las aristas interesantes del libro publicado por Punto de Encuentro es la increíble unanimidad de los entrevistados (aunque se visualizen algunas mínimas distinciones) a la hora de señalar un modelo de periodista: el desaparecido Rodolfo Walsh quien, con su célebre Carta a la Junta Militar en marzo de 1977, denunció la implantación de un sistema de terror que tenía por objetivo la reformulación de las bases sociales y económicas que predominaban en la Argentina por ese entonces.
En síntesis, un recomendable compendio de testimonios que dan una pauta de la trascendencia de un oficio que, pese a los cambios tecnológicos, Twitter y la sobre-información proveniente de cualquier lado, ha sido capaz de sobrevivir en base a un rasgo esencial contradictorio, encarnado en estas palabras de Rodolfo Braceli: "El periodismo sirve para contar el mundo. A veces para alumbrarlo; a veces para encandilarlo, es decir, oscurecerlo. Sirve para la memoria o sirve para la desmemoria. Sirve para entretener en el noble sentido de la palabra y sirve para distraer. Sirve para inducir a mirar el dedo que señala un quiste o una estrella, o sirve para hacer mirar la punta del dedo y no lo que el dedo señala. Sirve para alfabetizar o para analfabetizar a los alfabetizados".
La elección de uno u otro camino está en cada quien. Matías Martin popularizó una frase televisiva que se aplica perfectamente a la realidad planteada por Braceli: ¿De qué lado estás chabón?
martes, 22 de marzo de 2011
Hijo de hombre - Roa Bastos
Impactante. Desgarrador. Esos son, probablemente, los adjetivos más precisos para calificar el notable libro - una serie de relatos entrelazados - del escritor paraguayo acerca de los impactos sociales de la Guerra del Chaco, ese enfrentamiento inentendible entre dos pueblos hermanos allá por mediados de la década del 30 del siglo pasado.
Pueblos trabajadores, infancias pobres, cinco siglos igual. Una de las estrofas de la descarnada "Cinco siglos igual" (León Gieco) encaja a la perfección con la crudeza de los escritos de Roa Bastos. La mirada de los de abajo, los condenados de la tierra, ésos que no poseen nada y cuya vida oscila entre una aplastante explotación laboral (en los yerbatales, principalmente), el trago de alcohol en el boliche del pueblo y la nostalgia de aquello que nunca fue.
De alguna manera, cada capítulo es independiente del que lo sucede y así hasta arribar al final. Sin embargo, los personajes se van repitiendo, asumiendo diferentes roles en la historia que se va narrando. Esta presencia constante es el signo vinculante que liga los diversos episodios y que le da el mote de novela a esta sucesión de retazos desesperantes, donde es difícil distinguir la llama de esperanza que se esconde detrás de la miseria, el dolor, la locura y la muerte.
El trasfondo es la Guerra del Chaco, pero la esencia de cada historia es la desolación. La desolación del hombre que huye junto a su esposa y su pequeño hijo de la opresión y violencia del yerbatal - "y ahora no saben si se alejan realmente o siguen dando vueltas de ciego alrededor del pueblo muerto del yerbatal, alrededor de un cráter tapado por la selva, con esos gallos que rompen de pronto a cantar, uno sobre cada sepultura" -, la desolación de la mujer abandonada a reconstruir un futuro sin compañía - "¿Y qué era realmente la esperanza para María Regalada sino el `recuerdo de aquello que no había poseído jamás`? Un recuerdo hecho carne en ese niño que maduraba a su lado esperando también a su padre, a quien no conocía" -, la desolación de los ex combatientes - "No sabían nada, ni siquiera tal vez lo que es la esperanza. Nada más que eso: querer algo hasta olvidar todo lo demás. Seguir adelante, olvidándose de sí mismos. Alegría, triunfo, derrota, sexo, amor, desesperación, no eran más que eso: tramos de la marcha por un desierto sin límites" y por sobre todas las cosas la desolación generalizada de un absurdo que sólo causó una infinita pila de cadáveres (y no sólo los que "de verdad" están muertos).
La esencia del ser humano se revela atroz en el voraz recorrido por las páginas de un libro inconmensurable, que a través de la estética del lenguaje (mezcla de guaraní y castellano) denuncia escrúpulos y perversas realidades. No sólo una guerra iniciada por intereses ajenos y poderosos se ha ensañado con Paraguay en estas historias, sino que la devastación de este pueblo parecería originarse en un destino endiablado que, si no lo asemeja a Haití, lo deja cerca de ese pedestal del horror. El Augusto bueno que brindó Latinoamérica narra con maestría las luchas, la resistencia, la dignidad, la solidaridad, pero por sobre todas las cosas, y es justo decirlo aunque duela, el olvido y la desesperanza. Difícil encontrar optimismo donde ya no queda nada.
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sábado, 12 de marzo de 2011
Memorias del Águila y el Jaguar
Nunca había leído un libro de Isabel Allende. No soy de la línea de los best-seller a pleno, aunque en variadas ocasiones voy a lo que mi mente y mi historia de lector me dictan que es lo seguro, lo que no puede fallar, más allá de las encantadas sorpresas que cada tanto ocurren (un "Abril rojo", de Santiago Roncagliolo es el último ejemplo).
Me prestaron la trilogía de la prestigiosa autora chilena, anunciándome algo así como unas aventuras del estilo "Señor de los Anillos" (muy lejanamente, pero fue como una pequeña asesoría inicial). La edición (De Bolsillo) se compone de tres partes que, pese a tener los mismos protagonistas, no necesariamente se entrelazan entre sí. La primera es "La Ciudad de las Bestias", la segunda "El Reino del Dragón de Oro" y la tercera y última "El Bosque de los Pigmeos".
En líneas generales, la pluma de la escritora provoca una dinámica atrapante para retratar las andanzas de Alexander Cold y Nadia Santos (Jaguar y Águila, tras descubrir sus animales totémicos), todo bajo la tutela de la excéntrica abuela del primero, la reportera del International Geographic, Kate Cold.
Más allá de que cada episodio tiene reminiscencias del anterior (hasta llegar a un intrincado summum en el último), el sentido primario de cada uno pasa por lo siguiente: un viaje que Kate tiene que realizar a lejanos puntos del globo en pos de reflejar para la famosa revista curiosas perlitas (todas ellas con un indisimulable halo fantástico) del mundo moderno y la noción de justicia que Alexander y Nadia (en conjunto) desarrollan al presentarse el obstáculo que se propone un daño irreparable a algunos seres (llámense indígenas, pigmeos o un tranquilo pueblo tibetano que no jode a nadie). Las diferencias pasan porque en el primero Alex es prácticamente obligado a viajar con su abuela y en pleno Amazonas conoce a Nadia, mientras que en segundo y tercero ya es evidente que ambos no podrán separarse y es Kate quien los invita (en el segundo lo sorprende a Alex en pleno aeropuerto con la repentina aparición de Nadia y su omnipresente mono Borobá), pese a sus constantes quejas producto de los "problemas" que ambos le generan en esos recorridos.
En la primera parte, se trata de salvaguardar el destino de un ecosistema anclado en una prehistoria cuasi mitológica, al tiempo que preservar la vida y las costumbres de "la gente de la neblina", amenazada por intereses inmobiliarios, que no han dudado en propagar pestes para disponer de los diversos terrenos. Allí, Alexander descubre que puede transformarse en Jaguar mientras que Nadia - capaz de comunicarse con toda la fauna existente - adopta la figura de un Águila. Ellos se verán inmersos en el micromundo de ese grupo de indígenas y sus nuevos poderes los habilitarán a conseguir los objetivos deseados, al tiempo que desenmascaran a sus enemigos (que, por supuesto, tienen una vuelta de tuerca respecto a lo pensado inicialmente).
La segunda parte, quizás la que a este escriba más le gustó, se desenvuelve en el medio de las montañas del Himalaya y aquí alguien muy poderoso, denominado "El Coleccionista" (o el segundo hombre más rico del mundo), desea obtener un preciado objeto (el dragón de oro), el cual le posibilitaría, tras una serie de enigmáticos pasos, develar el futuro. Para eso contrata a "El Especialista", el único con la capacidad de responder a los diversos pedidos que su cartera de clientes le solicita a menudo. Esa reliquia se encuentra, valga la redundancia, en el Reino del Dragón de Oro, una apacible comarca que se ha mantenido sanamente aislada del resto del mundo y en donde el concepto de "conflicto" está abrumadoramente ausente. Consecuentemente son los extranjeros (los buenos y los malos) los que traerán los inconvenientes. Un secuestro distractivo, una mujer embaucadora y cautivante, un príncipe que se prepara arduamente para rey, un sabio maestro lama, unos "monstruos" intitulados yetis y la indudable astucia (y amor por el peligro) de Alexander y Nadia configurarán el episodio.
En la tercera y última parte nos trasladamos al continente africano (y dentro del mismo, al paraje más recóndito). Un dictador monstruoso y feroz, un pueblo sometido (los pigmeos), mucha brujería dando vueltas, espíritus que sobrevuelan permanentemente la trama y el frecuente uso del poder de la invisibilidad que tiene Nadia, cuya puesta en acción es el caballito de batalla que inicia la desarticulación del plan que enarbolan los malos. Siempre Alexander seguirá los pasos de su amiga, la primera en darse cuenta que algo está mal y que ellos son capaces de mejorarlo.
En resumen, es un libro pasatista (o tres, según como se lo mire), de ésos que te pueden acompañar muy bien unas vacaciones en la playa y que te los devorás, pese a su longitud (más de 800 páginas en la edición que tuve en mis manos). Experimenté una cierta trabazón en el primero (falta de esa acción que uno espera en este estilo literario) que me detuvo su lectura un buen rato, pero luego pude retomarlo sin fisuras - con un muy buen balance en el segundo - hasta el final. No será literatura de alta gama para algunos (¿qué es eso?), cae en ciertas repeticiones a veces innecesarias, algún que otro cliché, exageradas moralejas, pero cumple un requisito fundamental: cuando le agarraste el ritmo, no lo podés abandonar. Y leer ficción no debe ser un ejercicio de sufrimiento.
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viernes, 14 de enero de 2011
Travesuras de la niña mala
Dos grandes personajes. Uno de ellos, con una vida normal, estructurada, rutinaria. Pero en el lugar en el que siempre quiso habitar: París. Un trabajo de intérprete que le reporta la exclusiva satisfacción de viajar x el mundo a diversas conferencias o congresos que organismos regionales o mundiales llevan a cabo con diferentes objetivos. El otro, un ser cambiante, que va mutando de identidad al compás de sus irrefrenables ambiciones de poder y dinero. Un hombre y una mujer. Un niño bueno y una niña mala.
Se van a ir cruzando, en lo que constituye una inexplicable pero poderosa historia de amor. Inexplicable, porque en cuestiones sentimentales el hombre (y no es una definición de género) es capaz de tropezar mucho más de una vez con la misma piedra. Poderosa, porque hay un magnetismo difícil de desentrañar en la atracción entre los dos protagonistas. Incluso habrá sorpresas de uno hacia otro que nos conmoverán mágicamente.
De fondo, la excelente radiografía, no abusiva, de algunos de los contextos sociales en que Ricardo y la niña mala se van cruzando. Ciudades cosmopolitas y tiempos (cada vez más) modernos que van exhibiendo persistentes modificaciones según las épocas. Y la historia de ambos, que se va enredando en ese mundo complejo, lleno de avatares y desavenencias, pero también de grandes posibilidades de encontrarse, de conectar uno con otro.
Quizás el punto más flojo reside, hasta un determinado momento, en cierto grado de repetitividad en la que incurre Vargas Llosa, a mi entender, lo cual vuelve medio denso el relato y sólo los que sabemos que “los libros se terminan sí o sí” apostamos a su continuidad con expectativa. En otras cuestiones, el peruano se muestra impecable como casi siempre, aún sin ser, ni por asomo, su mejor novela.
Lo que sorprende: la descripción minuciosa de las situaciones fogosas y otras que, aún poniendo de plano lo sexual, no lo son tanto, sino que más bien representan un tipo de violencia perversa.
Puntaje: 7,50.
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